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CAPÍTULO 2: El Virus empieza a hacer efecto.

Por Olga Cabiol

Pero el extraño virus causante del síndrome empezó a latir en la parte más recóndita de mi cerebro.

– ¿Sabes? Le decía a mi Carlos… Son guapísimas, y bailan muy bien. Como me gustaría también a mí. Además parece que se divierten mucho. Tampoco paraban de preguntarme… ¿Te ha gustado? ¿Volverás la próxima semana?…

– Mujer, me decía Carlos, claro que tienes que volver. Te irá bien desconectar un poco de nosotros y de tu trabajo. Conocerás gente nueva, y bailar siempre te ha gustado mucho ¡¡Siempre has bailado!! Lo dejaste cuando nació Mireia, hace muchos años. Y ahora ha nacido Laia, y tienes esta oportunidad. Y ¡¡te lo ha recomendado tu médico!! Así que la semana próxima vuelves.

No estaba contenta, en absoluto. Mi reflejo en el espejo de clase me atormentaba.

¿Qué santa necesidad había de poner espejos en la clase? Se empañan. Te hacen más gorda y más vieja. ¡No quiero verme! ¡No soporto como soy!

El simple hecho de pensar que tenía que volver a clase me producía una angustia tremenda. Mi objetivo era buscar excusas, motivos para no asistir de nuevo a la odiosa realidad de ver en que me había convertido. ¿Quizás la pequeña tiene fiebre? ¿La mayor está de exámenes y tendré que ayudarla? ¿Mi marido llegará tarde y no me dará tiempo? ¿Sabrá darle el biberón? ¿Le pondrá la cena a la mayor? Dios mío ayúdame a no ir a clase, dame un sólo motivo. Pero Dios no quería darme ninguno: Las niñas estaban perfectas, mi marido lo llevaba perfectamente, y lo que faltaba, mi hija mayor Mireia, me dijo:

– Mami tienes que ir, te lo pasarás bien, de verdad. No tengas vergüenza, ves sólo a disfrutar y no pienses en nada más que en el baile…

Y dicho y hecho. Volví. Mi segunda clase. No entendía porque las chicas estaban tan contentas de verme de nuevo. Así que, manos a la obra: me enfunde de nuevo mis mallas, y esta vez me atreví a subirme un poquito la camiseta. ¡Dios que horror! y empezamos de nuevo. Drops de cadera. ¿Qué? ¿Cómo? Sube y baja la cadera. Sólo la cadera. El resto del cuerpo no se mueve… ¿Puede hacerse eso? ¡Muy bien! me decía Silvia, mi profesora ¡Ahora prueba hacia el otro lado! Estupendo, probaremos un ocho horizontal…

Demasiado ya para mis oxidadas caderas. Un ocho… El peso para aquí, diagonal, el peso para el otro lado, diagonal, atrás, adelante….. Mis ochos eran totalmente amorfos. Mi cuerpo era igualito a una tabla de pancha. Pero ocurrió. Mientras me esforzaba por hacer mis ochos de cadera, mantener la postura basica y no sacar la lengua por el esfuerzo, como hacen los niños pequeños, mi mente se evadió por completo de todo. En esa hora y media de clase me olvide de mi trabajo, de la plancha, de las cenas, de la compra… Sólo estaba pendiente de lo que tenía y quería hacer pero que mi cuerpo se resistía profundamente a realizar.

Se acabó. Soy un pato. No tengo gracia, ni la tendré. Debo de estar haciendo un ridículo espantoso.

– No te preocupes, me decía Silvia. Date tiempo. Mueve tus caderas mientras estas en casa, fregando los platos. Hacia un lado, hacia el otro… es cuestión de tiempo. Ya verás como te acaba saliendo…

Y así fueron pasando las semanas, con mucha voluntad, con ganas de dejarlo en más de una ocasión, por el sentido del ridículo, por la vergüenza, por no sentirme a gusto conmigo misma.

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