Las edades del Tívoli

Cuando los veranos eran eternos, por aquello de las vacaciones escolares, siempre había un día que todo niño esperaba con ahínco. Tan ansiado como una tarde de olas buenas para chorrearse hasta la orilla era aquel día que muchas familias planeaban para la excursión hasta el Tivoli World de Benalmádena. El parque de atracciones era por entonces propiedad -los niños no lo sabían- del danés Bent Olsen, que creó este referente de ocio en la Costa desde su apertura en mayo de 1972.

Tivoli era una ilusión de espuma, un revolcón de felicidad. Había brincos cuando las avionetas pasaban con banderolas anunciando las actuaciones de su teatro. Estrellas que venían uno, dos o tres días. Hoy este parque, que ha recibido más de cuarenta millones de visitas en sus más de cuarenta años, recibe a Manu Sánchez, quizá el más conocido de una programación no tan florida como las de antaño, pero siempre con guiños populares, como la anunciada presencia este verano de los finalistas de ‘La Voz Kids’.

Aquellos niños de la playa, convertidos ya en padres o padrinos, llenan hoy el aparcamiento -ya asfaltado, no terrizo- y colman todo el recinto de cochecitos de bebé. Y hacen fotos con los móviles, como nunca y como descosidos, cuando sus criaturas participan en algunas de las actuaciones teatrales (como la muy divertida de Los Bucaneros).

Tivoli mantiene su encanto familiar de ocio concentrado, de alternativa a la bullanguera feria. Un algo local y cosmopolita, resultado de reformas de aluvión y resistencia empresarial. Una magia de celosías encaladas; de aluminio brillante y azulejos andaluces; de falsas arquitectura entre jardines cuidados, para el paseo en bermudas del bronceado y para el codeo con visitantes extranjeros. «Se nota un repunte de turistas de fuera desde que acabó el Ramadán», afirma Erica, que me da a la entrada un mapa para no perderme entre tanta plaza y tanto recuerdo.

Dice José Luis Guzmán, del departamento de prensa, que está siendo un verano muy bueno. Hoy, con 42 años, sigue el Tivoli sacando de sus casas a las familias y de sus casillas a los infantes, que siguen dándolo todo en sus gestos, gritos y carreras. Padres y madres también ponen lo suyo: paciencia, vigilancia y cualquier pavo que lleven en la cartera. Porque aunque apenas vale ocho euros la entrada (atracciones aparte), ir allí es echar un poco la casa por la ventana. A la economía de escala ayudan, eso sí, los descuentos por Internet y las pulseras salvoconductos para viajes infinitos.

Mantiene este parque del logo del sol sonriente el imán de sus máquinas agitacuerpos, que descorchan griteríos alegres y subidones hormonales que no son normales. Ir al Tivoli es acercarse a un mundo raro de artefactos, felicidad, tómbolas y fuentes por doquier. Ir allí es un trajín para todas las edades, y un gran meneo para los padres, que acaban con calentamiento de cabeza (y un poquito de pies).

María José viene un año más desde Sayalonga con sus dos hijas. Han llegado en un grupo, con microbús alquilado. «Así nos ahorramos traer cinco coches», dice. «Nos iremos a las 2, luego queda una hora y pico de camino». Y cuenta la intensidad con la que viven este día: Llevan toda la semana: «¿Si me acuesto y me levanto, cuántas noches faltan para que vayamos al Tivoli?» Y ya no se quitarán la pulsera del Supertivolino hasta que vuelvan al colegio».

Es Tivoli también jolgorio para algunos jóvenes y paseo feliz aunque cansado para los abuelos. Hay bares y terrazas donde ponen bravas, comida rápida, china o italiana; hay bancos donde sacar bocatas traídos de casa y esperar a que aparezca un pavo real. Yo lo encontré tarde, agazapado en una esquina del teatro, bajo las cálidas luces de la acrobática y gratuita actuación del ‘Gran Circo Tivoli’.

El parque sigue ofreciendo flamenco en la Plaza de Andalucía y ‘shows’ en la Plaza del Oeste (incluida la danza del vientre). Hay carricoches de siempre y otros nuevos. No hallé -por suerte- los espejos deformantes, pero sí los caballitos pony, que daban y dan penita, así como la Ratonlandia, que da cosita. Al gusano loco le han puesto el raro nombre de ‘Amor Express’ (será cosa de la era ‘Gemeliers’). Del ‘Tivoli Agua’, novedoso engranaje, salen valientes mareados y empapados. Y cerca sigue el barco del Mississippi, junto a esas barcazas que costaban un pastón o que no funcionaban, o eso decía tu padre. Allí está, reluciente, junto a la pagoda china y bajo el teleférico de Benalmádena, esa inquietante atracción externa que ahora cruza todo el parque.

Hay también nuevas zonas verdes y una imponente y repleta torre de caída libre en el lugar donde una vez monté, con bigote verde, en el ‘Enterprise’, hazaña tecnológica de mi juventud. «La caída es muy chula. Venimos desde Marbella un par de veces todos los años», dice un adolescente recién bajado. Las dos chicas y el amigo que van con él apenas hablan, cortadillos quizá por los sesenta metros de bajada repentina o por el mareo previo a su inminente caída al mundo adulto. Acabada la visita, y tras la visión de la foto que me hice a la entrada (más miedo que la Mansión del Terror), me fui, dejando atrás esta montaña mágica con montaña rusa, mientras sonaba el «Parabá papapapa parabá.». Esa cancioncilla que recuerda otros tiempos y, también, que junto al mar, en la Costa del Sol, allí siempre nos espera Tivoli.

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