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La sensualidad moruna inunda Ávila con sones y aromas orientales

Existe en el desierto una luz extraña, una sombra que es más profundamente hermosa que el mismo sol. Una luz extraña que iluminó, en la noche del sábado, la ciudad de Teresa. Una gala de música y danza oriental en la vetusta ciudad castellana para inundar de sensualidad el goce de los espíritus. Si en un comienzo las bailarinas árabes se perfumaban las muñecas para que al bailar y al mover sus manos se perfumaran ellas mismas y el público, el ritmo, la cadencia, el movimiento acompasado y el erotismo de Zuel Danza, Yasmina Andrawis, Samara Hayat, Raquel Tello, Idhun, Doriana Rossi, Vanesa González, Vanesa Montalvo y Farah Diva, compartieron escenario y perfumaron el cerrado. A ellos se sumaron los ritmos de la darbuka con Hector El Turko, y el cromatismo de Baobab Tribal.

Recuerdo, mientras escribo, cuando salía al encuentro de otros mundos, otras culturas y otras gentes, esa noche de luna llena de desiertos, gentes en una noria, colores difuminados, olores, músicas tribales, bullicio, ruidos, lenguas desconocidas, polvo… esos atardeceres perdidos en los tiempos. Estaba en Marrakech, en la plaza Jemaá el Fna, con amigos y fui invitado a disfrutar de una noche sensual. Los ritmos de la darbauka, el bandi, el gmbri, las qarqabas, las tbilas y el necesario laúd, llegan hasta mí como un reclamo en la noche. Accedimos a un local, en el corazón de la medina, donde una dama se contorneaba al son de las palmas de un amplio grupo de jóvenes. Era el chaábi, esos movimientos exagerados del pecho, centro de la pelvis y el estómago… Con un pañuelo en la mano seducía y hacía fluir perfume. Fue mi primer encuentro con la danza sensual que llamaban shikat o danza del vientre. Vestidos ajustados, lentejuelas y faldas largas… Conocía el gnaoua, esa danza tribal de Marrakech y Essaouira, de influencias subsaharianas, árabes y bereberes, que tocaban en la plaza mis amigos de Nass Al Ghivan y que, ahora, interpretan los también amigos Yassine Yass y Aiman Najem de Nass El Hall de Agadir, pero no la danza del vientre en vivo. 

Tal es así, que cualquiera con un mínimo de interés por la música debería darse un paseo por la plaza de Jemaá el Fna. La mejor hora es la del anochecer, cuando la plaza se va vaciando paulatinamente y toman sus puestos los músicos callejeros para tocar sus repetitivas y rítmicas melodías con banjos, laúdes, guitarras, flautas, tambores y violines. Quizá la música más atrayente sea la que usan los gnawa para el trance místico, conocida en el resto del mundo gracias a la labor de la banda marroquí Nass, que, de hecho, se formó en Marrakech. Esta música, fusión de estilos africanos en los cantos de los esclavos liberados, combina ritmos repetitivos y voces corales para estimular en el que escucha una consciencia del momento presente similar al trance místico. Conviene recordar que Nass Marrakech, un grupo de renombre internacional se formó en la ciudad del mismo nombre. Una música, el gnawa de influencias africanas y ritmos repetitivos  y voces con el el objetivo de hacer que el oyente entre en estado de trance.

 

Zuel en Ávila 

Con el trance del recuerdo viajé a Ávila, llamado por mi amigo Zuel, el califa de la danza de la Córdoba moruna y uno de los mayores exponentes de la danza orienta en España con una dilatada presencia en escenarios y países europeos y árabes, para asistir al RacksÁvila, un festival de danza y música oriental que se celebraba contiguo al inmenso Mercado Medieval calificado de Las Tres Culturas.

Fue apagar las luces y comenzar la función con el aroma a incienso inundando la oscuridad de la sala. Luces minimalistas de coloridos fuertes y únicos. Azules cielo, rosas, rojos, dorados de arena… y las sombras que comenzaban a contornearse a ritmo de laudes y batukas. Era el espectáculo que se veía, se sentía y se escuchaba con el ir y venir sensual de princesas moras: Yasmina Andrawis, Samara Hayat, Raquel Tello, Idhun, Doriana Rossi, Vanesa González, Vanesa Montalvo y Farah Diva.

Diferentes estilos, diversas maneras de expresarse, de sentir, de emocionar… mediante esa danza milenaria que se remonta a antiguas culturas matriarcales en las cuales se veneraba a la diosa del amor. Silencio en la sala, sale Zuel entre penumbras. Movimientos suaves y fluidos, templanza, coordinación entre las diferentes partes del cuerpo con atención en la cadera y el vientre. Los brazos serpentean. El vientre y la cadera marcan movimientos rápidos y lentos… Es el momento cumbre de la noche. Voces de júbilo en la sala y una voz que se levanta, un zaghareet femenino –que lo es siempre- como expresión de la alegría.

Todo un auténtico elenco de artistas, qué emoción escuchar el darbuka al ritmo de El Turko, que hicieron una gala inolvidable en esta tierra que destila conservadurismo y atrofia cultural.

Una noche que se extendió más allá del Palacio de Congresos Lienzo Norte. Que se transmutó hasta el Zoco Árabe, ubicado intramuros, para recrear los sentidos y el alma alrededor de una mesa de té en la jaima de los amigos marroquíes de Valencia. Los sueños parece que se acumulan y me obligan a que dé testimonio de esas imágenes lejanas y ahora cercanas, en las que alguien me abraza y me susurra al oído, en la que hay una gran fiesta de iniciación y baile y danza y estoy de noche dentro de una jaima con amigos tan ebrios como yo de sensualidad.

Y como decía Asyut: Cada vez que bailo con el alma, me olvido de mis pasos, dejo de caminar sobre este mundo y su sufrimiento, para volar hacia ese estado donde nada existe, salvo la música y yo…

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