Cumple un año el grupo de danzas Ashaki Hafsa integrado por jóvenes ciegas


Por María Andrea Bugnone

Esta nota tiene un requisito para ser leída: si usted puede realizar con éxito la acción propuesta a continuación se encontrará debidamente habilitado para continuar la lectura. La consigna es la siguiente: al cerrar los ojos, ¿puede usted levantar sus brazos? ¿Puede beber un vaso con agua? ¿Puede usted caminar? ¿Puede mover sus caderas dibujando el símbolo del infinito? ¿Vio? Si usted puede, las personas no videntes también.

Los encuentros de cada día pueden modificar todas nuestras ideas. En un mundo prácticamente esclavo del lenguaje visual, pensar siquiera la posibilidad de dominar un espacio sin los ojos como brújula se vuelve irreal. Ser presos del sentido de la vista nos inhibe la posibilidad de conocer el mundo con el resto del cuerpo.

Lejos de una reivindicación de heroínas que se sobreponen a una situación particular de sus vidas, la propuesta de hoy es diferente: aprender de ellas a despertar la percepción, cerrar los ojos y preguntarle a nuestro cuerpo: ¿a qué sentido nos entregamos?

El 29 de noviembre de 2013, en el Movimiento de unidad de ciegos y amblíopes (Mucar) de Rosario, los vientres empezaron a vibrar. Hace ya un año, un grupo de personas no videntes se acercó a la sede de la entidad para conocer más sobre la propuesta de Evelyn Baigorria. Y es que por una inquietud personal, la responsable del grupo Ashaki Hafsa (que hoy comparte el rol con su colega Mariana Casagrande) empezó una búsqueda para encontrar un sitio donde enseñar a bailar , lo que se volvió el puente hacia una nueva “mirada” del mundo.

“¿Cómo se enseña? Hablando. Y por ahí tocan en mí los movimientos, yo marcándolos en ellas, pero es describiendo el paso principalmente como les explico. Por ejemplo, empiezo: los dos brazos estirados, ahora llevo un hombro hacia adelante, ahora el otro; ese movimiento lo asociamos a los pedales de la bicicleta. Es como que tu imaginación crece, te van saliendo cosas en el momento, vas pensando cómo relacionarlas. Por ejemplo, el 8 que es el paso así como el infinito acostado, en mi alumna Iara se complica un poco por el hecho de que ella no conoce el 8 en tinta, entonces le hice con un cartón con tanza marcado para que ella lo recorra con las manos. Yo no tenía experiencia con ciegos y ellas me enseñaron a sentarlas, a cruzarlas, porque yo no tenía ni idea”, cuenta Evelyn.

Lo más interesante en esta aventura que decidió emprender la profesora radica en el particular grupo de alumnas. Con personalidades bien marcadas y definidas, las bailarinas de la mística danza del vientre van con todo desde el inicio. Una de las claves: el nombre del grupo. Para salirse de la denominación “las bailarinas ciegas de MUCAR”, eligieron Ashaki Hafsa que es una combinación de palabras árabes que las protagonistas decidieron como nombre artístico y donde se esconden 3 palabras que dicen todo de ellas: bonitas, jóvenes, leonas.

Irina Morel (23), Iara Viñals(14), Indira Pereyra (11), Cynthia Susnaba (30), Florencia Fiorillo (15). Las jóvenes no escatiman en dar a conocer sus opiniones picantes y su ácido sentido del humor. El juego y las risas entre chistes de “mirá esto” o “vamos para allá”, se hacen presente en sus diálogos y descontracturan cada encuentro. Justamente es en sus discursos donde dejan bien en claro que no hay diferencias, que no hay nada que ellas no puedan hacer, y menos aún, si se eligen el humor y la alegría como ejes para vivir.

“A mí me dicen, los ciegos son unos ángeles. Claro, queda tierno y todo lo que vos quieras, pero no somos ángeles. Somos iguales a vos, tenemos todas las mismas maldades que vos” . Así, Iara abre un debate en el que todas se pusieron de acuerdo para desterrar cualquier prejuicio y al que Indira se suma.

SI bien estas bonitas, jóvenes, leonas juegan bromeando con su humor negro y ayudan a romper esquemas en pos de cierta equidad, son firmes es su reclamo frente a la verdadera “mirada enceguecida” de quienes las ven sin mirar.

“La gente por ahí es muy cerrada, piensa que no podemos bailar. Te ponen por ahí en el lugar de uy, pobrecito! no pueden hacer esto … o si no, está el que te pone en el lugar de santo, y tampoco somos santos”. Irina describe una situación que se le ha vuelto cotidiana, y encuentra eco en Indira: “La gente en realidad es como que piensa que si hacemos lo mismo que hacen ellos nos podemos lastimar o nos puede pasar cualquier cosa, pero nosotros podemos hacer las mismas cosas que los demás”.

En ese momento el aire se llena de reclamos y del relato de las injusticias que día a día se ejecutan desde el accionar, pero también en lo verbal. ¿Qué es eso de: me lo tenés un ratito (a la persona ciega)? O la típica pregunta a quien se presenta de escolta durante una cena: ¿qué va a comer ella? . Sobre esto las chicas tienen sentencia unánime: “no somos un paquete para que alguien nos tenga”, “tenemos voz y nos tienen que preguntar a nosotras las cosas”, “no es que somos distintos por no ver”. Pero sí hay algo de distinto, y es que ellas tienen mucho por enseñar. Porque pensar la inclusión no pasa por poner al otro en un lugar diferente, sino por ver qué aporte hago para que nos sintamos cada vez más iguales.

Palabra de profe

“Yo tuve esta curiosidad de cómo bailaba un ciego, planificando un baile solista mío para recibirme del profesorado de danzas árabes, y ahí empecé a buscar en internet qué había de ciegos acá (porque no tengo parientes ni nada ciego, y no tenía ni idea). Puse: Ciegos Rosario y me salió el Facebook de MUCAR. Justo Cynthia, otra de las alumnas, es la secretaria de acá, así que me contacté con ella, le propuse la idea de dar clases, de probar si la gente se prendía y a ella le gustó”, comenta Evelyn Baigorria, la profesora, que encontró en la danza árabe su lugar, el momento de despejarse de todo, de olvidarse del mundo y de encontrarse con su parte más femenina.

Como muchas de las cosas buenas de esta vida, que nacen por casualidad, Ashaki Hafsa es producto de una pregunta interna que no la dejó de brazos cruzados. Algo que para muchos podría pensarse como mera expresión de deseo se materializó en un grupo que ya tienen un año de trabajo, dos premios en concursos por coreografía y danza con elementos, y un grupo humano que debería sentar bases sobre cómo crecer acompañados y en equipo. La calidez y buena onda de la profesora hizo del boca a boca su mejor herramienta de convocatoria, uniendo piezas en una cadena donde los eslabones “nunca se quieren ir”. Bailan para crecer, para compartir, para tener más equilibrio, para mejorar la autoestima, para conocerse internamente. ¡Y por suerte! porque en cada baile la sonrisa se les pinta en la cara, esa que sin verla, ellas sienten.



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