El minivideo erótico. Tecnología al alcance femenino

EL ÁNGEL EXTERMINADOR 
Alegría  Martínez

Ya no hace falta ir a los antros a pagar una lana para echarse un taco de ojo, dice Lupita, madre de tres hijos y maestra de español felizmente casada, quien durante un desayuno de amigas hace circular en silencio el video de un fornido joven moreno, ataviado solo con trusa blanca, que de espaldas al horno, con sartén y guante en mano, realiza una movida danza de piernas y trasero que detona la risa entre las señoras y a los pocos segundos atrae cual imán una reunión en bolita, como si se tratara de colegialas ante lo prohibido. 

Las carcajadas no se hacen esperar y entonces una a una muestra orgullosamente su acervo de videos que, gracias al wapp, porta en su  teléfono celular. Ya en confianza, Adela  se confirma adicta a estas imágenes y pregunta: “¿Cuál quieres? ¿El del fantasmita que guardé desde noviembre con fondo sonoro de ‘buuuuu, buuuu’ y que se esconde travieso bajo una sábana moradita, o ya estás esperando el de los 12 bombones para apachurrarlos y ver a los muñecotes que se asoman?”

“Cómo es posible”, se indigna Zoraida, divorciada y sin galán. “¡Es el colmo, muchachas! Si mi hija las viera, pensaría que son disolutas, ligeras de cascos, malcriadas. Se pasan, de veras. A ver, préstenme el del peluquero, porque no le entendí”, le dice a la comensal de al lado.

 Malena le presta el video solicitado en el que un barbero afeita a su cliente, quien cómodamente sentado y cubierto con una capa azul, mueve ostentosamente su mano bajo la tela a altura del pubis. El empleado voltea a ver  el movimiento en varias ocasiones, primero con disimulo, después con franca molestia. Todo el que mira la escena piensa que el parroquiano se autoestimula descaradamente, hasta que el profesional de  la estética le quita de un tirón la capa y despeja el área prohibida. Se observa entonces que el movimiento se debía a que el hombre sentado jugaba alegremente con su celular en la mano. Zoraida se ríe sin pensarlo. “La mente trabaja, ¿verdad, querida?”, le dice Malena, mientras la otra se sonroja.

Para La Chapis, fotógrafa de  40 años con dos hijos, mandarse y recibir videos es como un juego, algo similar a cuando los chicos cambiaban estampitas.  “Tengo amigas que saben que soy un relajo”, dice con una sonrisa, “así que básicamente me lo mandan con un mensaje que dice: ‘Te tengo un regalito’, pero generalmente me advierten: ‘Ábrelo cuando estés solita’. A mí eso me gusta, lo veo como un juego placentero. A veces me llegan sin previo aviso y cuando los abro, ¡oh, por Dios! ¿Qué veo? De repente tengo en mi mano un cuero con lavaderito y su pene bien emocionado. Lo veo y lo guardo para abrirlo después con calmita”.

Aunque su marido no le diría nada si ve lo que su mujer trae en su teléfono móvil, La Chapis no se lo comenta porque él no le entra al juego. “Yo prefiero que sea para mí”, dice, y accede a narrar las escenas que mejor recuerda, como aquella que recibió por entregas: “Estaban unas señoras de 40 años para arriba en un salón de belleza dentro de un edificio. De repente aparece un andamio fuera de la ventana con un hombre que limpia los vidrios y conforme va  subiendo la tabla, el tipo empieza a desvestirse. Las mujeres abren cada vez más los ojos por el asombro, mientras también les da vergüenza que las vean con tubos, con papel aluminio en el pelo y hasta con mascarilla en la cara, pero no dejan de voltear a verlo. Él lava vidrios y se sigue encuerando, pero cuando todas creen que van a poder ver el desnudo completo, el video se corta y te anuncian que esperes la segunda entrega.  ¡No se vale! Te dejan picada con la musiquita sensual y los movimientos cadenciosos del guapo”.

Lucero, por su parte, dice que no es nada envidiosa y manda un esbelto y marcado Papá Noel, que al ritmo de “Santa Claus viene esta noche” se quita el típico traje, dejando al descubierto que en lugar de panza tiene un envidiable abdomen, unas piernas ejercitadas y una trusa roja que combina  a la perfección con todo lo que se ha quitado para quedarse así, con una hermosa y seductora sonrisa bajo el gorro con borla blanca.

Pero como en todo, hay mujeres que prefieren  el erosoft, tal cual lo demuestra Silce, quien dice con mesura que ella necesita durante esta época cargar consigo su poncho para el frío y enseguida hace circular su iPhone blanco con estrellitas, donde está la foto de un joven y esplendoroso muchacho al que solo se le ve una parte del torso, sumergido en algún mar del universo y junto a su enorme sonrisa se lee: “Hola, me llamo Poncho”. “Bueno”, se ríe Lucrecia, “al menos traes algo aunque sea recatadito”, le dice y agrega: “Préstame tu cobijota pa’l invierno, ¿no?”   

En su silla, muy relajada está La China, que ya entrada en calor les echa a todas en cara su mojigatería porque ella, dice, ya no se divierte con esa cosas de niñas. “Yo sí traigo cosas de verdad, como los encuentros sexuales que tuve al otro lado del charco con dos que tres hombrones. Esos sí que son videos”, dice retadora.

“Ay, no manita, eso sí ya está grueso. ¿A poco los compartes con otras personas?”, cuestiona Selene. “Hasta crees, solo con mi círculo selecto”, responde La China, “pero eso sí, lo mío sí es de a de veras, no como ustedes, que traen modelitos gringos con musiquita chafa. ¡Esos son de a mentiras muchachas! Los míos sí son animales sexuales en cuerpos de hombre y yo sí estuve con ellos”.

Es hora de volver a la fantasía y atemperar los ánimos, así que la dulce Siria, madre de un niño,  enciende su celular con una imagen de esferas navideñas detrás de un mensaje que dice: “Con esto de la crisis, esta bola va a ser el único regalo de Navidad que te pueda hacer… Seguro que te parece poco, pero no te imaginas lo bien que la vas a pasar adornando”.

Las notas de Jingle Bells se escuchan en una voz masculina que canta en inglés, al tiempo que aparece un varón de espaldas a la cámara con una toalla blanca al cuello, que hace subir y bajar alternadamente sus glúteos, para después ondear en la punta de su pene una esferita roja.

El buen humor retorna a la mesa y el video que cierra la reunión despliega la imagen de un libro de pop art, en el que un letrero que desea felices fiestas, antecede la imagen de nueve jóvenes en un paisaje navideño con casita roja, árbol y nieve, para dar paso a su baile de espaldas con la trusa abajo y después  de frente mientras cantan algo relacionado con la magnífica noche que vendrá. El acercamiento de la cámara a los bultos masculinos, ostensiblemente falsos, a su miembro oculto tras un inmenso moño dorado para regalo  y a los cuernos pintados sobre su bajo vientre  que invitan a imaginar un alce, detonan de nuevo la carcajada alrededor de esta tecnología que hoy muchas traen entre manos.

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