Alí Primera: A 30 años de su siembra, y un juramento por la alborada



            Nuestros ojos de muchacho, de niño de pueblo, comprendían poco lo que pasaba, todos los rostros eran desconocidos, sabíamos del cantor, de su letras, de sus sueños, más no sabíamos la historia de vida que cargó siempre sobre sus hombros, apenas las canciones que brotaban de los cuatros sin nombre, nos hacían reconocer que estábamos entre gente que amaba el canto y que ese día había perdido a un maestro, a un soldado, a un labriego de la esperanza colectiva.

            Dos o tres días, estuvimos ahí, el pueblo de siempre, el pueblo de Alí, “el pueblo de mi hijo” decía Carmen Adela, desde las entrañas del dolor.  Ahí se congregó el pueblo que siempre y anónimamente ha entonado sus canciones, aglomerado y adolorido alzaba la canción otra vez, por aquel hombre de barba y corazón, por el canto que tantas veces nos dio razones para luchar, para amar, para vivir con dignidad, en las derrotas, en los golpes y en las tristezas, con él comprendimos: “que los hombres cuando mueren simplemente cambian  de paisaje”.

            El último surco de aquel disco aún en acetato, con el diseño de la artista Consuelo Méndez y una foto en la contraportada con su cuatro como arma de lucha, con el escrito acostumbrado, de su puño y letra, para reforzar la convocatoria, porque él sabía “que para más luego no servirán las guitarras”, ahí, en ese bello disco nos dejó la canción Camarada, himno de todas y todos los que a cielo abierto, con el fuerte sol de su tierra, le juramos “flores rojas puño en alto, seguir luchado por la alborada, que también es camarada”.

            Se fue joven Alí, muchacho, valiente y soñador, con tanto por decir, aunque pareciera que lo dijo todo, que nos dejó una huella, una antorcha, un proyecto, un sueño, para que el pueblo no se pierda en su camino. A su corta edad y en apenas 19 años de producción discográfica, dejó canciones como flores, como balas, como soles, canciones que nos ayudan a entender nuestro tiempo, canciones que con tercas razones nos convocan a trasformar esta realidad que nos agobia y pretende acabar con el planeta, acabar con la especie humana, “nuestro principal, recurso natural, no renovable”

            Quienes fuimos a la siembra aquellos días de febrero de 1985, juramos seguir ese sendero que una vez él transitara con coherencia y honestidad, si hoy, en el tiempo que nos toca, seguimos fiel al clavel rojo de su lucha, debemos luchar entonces por que aquellos sueños, e ideales sigan vivos, como sigue viva la siembra que de la tierra seca paraguanera florece en un bello árbol de trinitarias sembrado por su vieja bella, sobre los cuatro metros de su tierra liberada, ese árbol florecido nos da cobijo, abrazo y frescura, cuando llegamos con el canto a recordar su vida de luchas,  feliz entre la nuestra.

La defesa y camino para la cultura popular a la que tanto cantó, cuando a pesar de andar con la guitarra como arma de lucha, símbolo vivo de la Nueva Canción Latinoamérica, no abandonó su raíz primera y abrazó el cuatro de nuestros abuelos, para decirnos que hay tamunangue, sangueo, gaita, danza, valses y galerones, es decir, una brecha abierta por los hombres y mujeres, que en las regiones del país hacen la lucha desde la cultura propia, popular, venezolana.

            Hoy, son treinta años de aquella siembra, de aquel juramento que cada uno, cada cual, hizo en silencio o entre llanto y canción, entre grito y sollozo. Treinta años de un combate que aún libramos por una mejor humanidad, le seguimos debiendo a Alí y a cada uno de nosotros, aquella “Patria Buena” que guarachando nos dejó por construir, “buena pa que vivan todos, con bienestar y sin queja, buena pa que la miseria se aleje de Venezuela, buena para que los ríos no los seque la candela”.

            Carmen Adela, también se nos fue, pero desde aquel 16 de febrero, guardó en su casita de bahareque, los cuadros, las fotos, los papagayos y muñecas, que todos los días algún viajero traería, para dejar constancia de su amor por aquel hombre, niño, muchacho, que le cantó a la vida y sigue cantando en los combates por venir, ella solía ir hasta la siembra de su hijos, a llevarle flores, a sembrar junto a la cruz de nuestro “primer camarada”, una matica de trinitaria, porque Alí le gustaba, porque a Héctor “Bagueto” le gustaba. Hoy su siembra es enorme y ha florecido, roja, bonita a “cielo despejado”.

            De ahí, de aquellos días surgió la marcha de los claveles rojos, para decir con Héctor Hidalgo Quero, el cronista de su canción, “que esa marcha es el encuentro de cada año de un pueblo con su cantor”, para ir a decirle que valió la pena el canto, la rabia y la ternura, porque hoy vamos sus panitas, otra vez de una vez, al abrazo de su convocatoria, vigente, viva, alegrona, como la brisa de su pueblo.


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Andrs Castillo


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