Conocidos y desconocidos de siempre

Página/12 En Alemania

Desde Berlín

Cada vez más, no son los nombres famosos los que aportan necesariamente las películas más valiosas en esta edición de la Berlinale. Comparado con el alemán Wim Wenders y el inglés Peter Greenaway, por ejemplo, ¿quién conoce al director rumano Radu Jude (Bucarest, 1977)? Sus películas se dieron en el Bafici (como La chica más feliz del mundo, su estupenda ópera prima, que tuvo su estreno mundial aquí en el Forum del Cine Joven de la Berlinale 2009) o en los ciclos de I-Sat (como Todos en nuestra familia, 2012), pero al lado del director de Las alas del deseo o del de El vientre de un arquitecto se podría decir que es un perfecto desconocido. Y, sin embargo, Aferim!, la nueva película de Jude –a diferencia de las flamantes producciones de Wenders y Greenaway, también presentes en el festival–, es un pequeño capolavoro, un film que ayer vino a enriquecer como pocos la competencia oficial de la Berlinale.

Hay grandes diferencias entre los anteriores films de Jude y Aferim! (el título remite a una interjección turca que quiere decir “Bien hecho”). Las primeras, como casi todo el Nuevo Cine Rumano surgido en la última década, eran películas rabiosamente contemporáneas, con argumentos minimalistas y ambientadas en espacios cerrados, casi claustrofóbicos (el set de filmación de La chica…, el departamento de Todos en nuestra familia). Ahora, en cambio, el director no sólo se traslada a la campiña rumana hacia 1835, asumiendo plenamente un film de época, sino también a los grandes espacios abiertos, con una multiplicidad de personajes y situaciones. A su muy peculiar manera, se podría decir que Aferim! –rodada en blanco y negro, en 35mm– es una suerte de western. Los elementos constitutivos están allí: hay una suerte de sheriff o alguacil que, acompañado por un ayudante (de hecho, su hijo), sale a caballo en persecución de un fugitivo. Que ese fugitivo sea un esclavo puede hacer recordar en algo a Django sin cadenas, de Quentin Tarantino. Pero sucede que el esclavo obviamente no es negro –como lo eran en los Estados Unidos para la misma época– sino un gitano. Porque la población gitana (luego llamada “romaní”) de lo que hoy es Rumania era una casta inferior, perseguida y sojuzgada. No muy distinto, por cierto, de lo que sigue sucediendo ahora mismo, en toda Europa.

“La sociedad rumana no va a ser suficientemente saludable hasta que enfrente su pasado con lucidez y honestidad. El pasado reciente y también el más remoto”, señaló Radu Jude en Berlín. Y aquí aparece también otra novedad importante. Hasta ahora, el cine rumano actual venía haciendo referencia, de manera directa o indirecta, a la pesada herencia de la dictadura de Nicolae Ceausescu (1974-1989). Pero el nuevo film de Jude retrocede mucho más allá en el tiempo para indagar en las raíces de un conflicto larvado, casi oculto, pero que lleva siglos enquistado en el corazón de Mitteleuropa.

La riqueza de Aferim! no termina allí. Si la situación básica es la de un western, con sus imperativos y peripecias, el tono muchas veces farsesco que le imprime el director al relato recuerda al de Brancaleone en las cruzadas (1969), de Mario Monicelli, por poner un ejemplo de un film que era capaz de reproducir un hecho histórico con una mirada a la vez humorística y ácida. El desopilante monólogo de un obispo ortodoxo a quien los representantes de la ley se cruzan en el camino (el religioso apostrofa contra todos los pueblos y religiones que no sean la suya propia) contrasta a su vez con el tremendo final que le espera al esclavo, en manos de su inclemente propietario turco, que se cobra una justicia desproporcionada por lo que no es otra cosa que un crimen de honor.

Un crimen mucho más grave, en todo caso, es el que perpetra Peter Greenaway contra el más genial director soviético en Eisenstein in Guanajuato. En la conferencia de prensa que siguió a la proyección de su película –en competencia oficial–, el director de El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante (1989) dijo admirar a Sergei Mijáilovich Eisenstein desde su adolescencia, cuando en 1959 descubrió La huelga en un cine de Londres. Pero fiel a la misantropía que informa toda su obra, Greenaway convierte a su querido Eisenstein en una suerte de pelele, a quien le inflige todo tipo de humillaciones (porque de humillaciones permanentes está hecho también el cine de Greenaway).

No parece casual que el director británico haya elegido de Eisenstein la época de su frustrado proyecto de ¡Qué viva México! (1931), que nunca pudo completar (su finalización quedó en manos de otros) y por el cual sufrió todo tipo de afrentas y persecuciones, que Greenaway no se priva de describir. Pero lo paradójico del caso es que el film celebra ese momento, porque habría sido durante su colorida estancia en México –que Greenaway decora con todos los estereotipos posibles– que Eisenstein, hasta entonces un homosexual reprimido, se animó a acostarse con un hombre. Que esa instancia tenga, en lugar de un espíritu de liberación, un tono vejatorio es muy revelador de la totalidad del cine de Greenaway.

Al menos, Every Thing Will Be Fine, la nueva película de Wim Wenders, exhibida fuera de competencia, no le hace daño a nadie. O a casi nadie. El film empieza con una tragedia: un escritor en ciernes (James Franco) atraviesa una tormenta de nieve de regreso a su casa en auto y tiene un accidente, al que cree sin consecuencias. Pero el trineo que se cruza en su camino y al que atropella no llevaba sólo al niño, al que rescata milagrosamente ileso, sino también a su pequeño hermano, que termina muerto. Esa carga vivirá en él durante años, mientras crece como escritor e incluso como padre.

Lo particular del film de Wenders no está tanto en su trama (que recuerda demasiado el forzado espíritu de duelo de El dulce porvenir, del canadiense Atom Egoyan; de hecho, ésta también transcurre en Canadá) sino más bien en sus decisiones de puesta en escena. Es por lo menos llamativo que el director de Paris, Texas haya recurrido al 3D para narrar un drama intimista, muy lejos del tipo de películas espectaculares con que se asocia al sistema. Como se recordará, Wenders ya había probado la tridimensionalidad en Pina (2011), su documental sobre la compañía de danza de Pina Bausch, pero allí estaba justificada por la posibilidad de inmersión en el espectáculo que proporciona el 3D. Aquí en cambio, a priori, no tendría razón de ser.

Y sin embargo Wenders –y su fotógrafo Benoit Debie, que en la tradición del director busca reproducir la luz de la pintura de Edward Hopper– se las ingenia para que el 3D cumpla una función dramática: hay un sentido de amenaza latente, de ominosa presencia que parece acechar paulatinamente al personaje de James Franco y que Wenders consigue transmitir con la profundidad de campo propia del 3D. A falta de otras profundidades, al menos esa se agradece.

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