Vueltas de caña flecha

Las dos manos tejen en el claroscuro del amanecer. Son ágiles y dulces como la brisa que refresca el ambiente. La mañana es hermosa y desde todos los ángulos del cielo parece que emergieran gritos de alegría; no obstante, ellas no reparan en el contexto, su objetivo es tejer y tejer.

Su danza sigue avanzando a medida que el sol toma posesión del día. Los bejucos, color caquis y negro, bailan en medio de la magia de los dedos. La mirada de la zenú, que entre divertida y acuciosa entrelaza su arte, va y viene al ritmo del tejido y de los cuerpos de los niños — de dos y tres años — que empiezan a rodar por el suelo reseco y descubierto. Los recortes de la caña flecha, que la mujer tira al piso como desperdicio, para ellos son preciosos juguetes.

El sol avanza en su recorrido inaplazable y con mayor fuerza se empieza a afincar en el firmamento. Los pájaros se someten a aplaudirlo con sus trinos de oro, en tanto que las manos entran cada vez más en calor. Casi bailan con frenético entusiasmo al aumentar su rítmico vaivén. Su trabajo es prácticamente una fiesta que con éxito logra redondear la copa del sombrero, símbolo de una raza que batalla por recuperar lo perdido desde hace más de quinientos años de vasallaje. 

Los niños continúan jugando con los desperdicios de la caña flecha, pero más adelante ya no será un juego, sus dedos también aprenderán a tejer para ir confeccionando su futuro en este círculo interminable en el que la cultura occidental los ha encarcelado, sin sus tierras, sus costumbres ni sus sueños.

Ya es mediodía. El sol en el cenit se convierte en un verdadero rey, la inclemencia de sus rayos termina por desalojar de las calles el paso de cualquier transeúnte. 

Las manos indígenas cesan un poco en su intento por coronar la trenza diecinueve, o la veintiuno, cuyo resultado representa por lo menos el costo de una libra de carne y una de arroz. 

De su sudor ha nacido con la noche el sombrero vueltiao, como un objeto más, en medio de cosas elementales…

Es hora de un receso, no para descansar sino para desgranar tres o cuatro mazorcas de maíz, triturar los granos, ajuntar el fogón de tres bindes con las charamuscas de los árboles caídos, cocinar la mazamorra para los niños que ya no juegan con los desperdicios de la caña flecha, porque el hambre muerde en sus estómagos, pero pronto algo calmará el hambre. Estas manos además de tejer, también son expertas en ponerle sabor a la vida 

El sol lucha por no entregar el trono, sin embargo, su debilidad empieza a notarse en el color amarillo cobrizo que lo absorbe. Las manos indígenas culminan a satisfacción el tejido del día. Ahora cambian de actividad, se dedican a sacudir un poco la miseria que anida en el rancho de palma y bahareque, la pobreza que juguetea bajo los pies de los niños. 

A veces se notan fuertes, a veces débiles, pero son milagrosas. De su sudor ha nacido con la noche el sombrero vueltiao, como un objeto más, en medio de cosas elementales, pero acosado por la discriminación de los mismos que en estas tierras lo vieron nacer y crecer, sin ninguna importancia. Sólo algunos campesinos lo utilizan para cubrirse del sol, pero cuando regresan del pueblo, lo guardan avergonzados por ser tildados de ‘corronchos’. 

La noche llega a plenitud con todos sus encantos. En medio de ella, la zenú de manos ágiles que teje y teje, acomoda la estera para esperar un nuevo día al lado de sus hijos, sólo entonces descubre, que lo poco que gana apenas le alcanza para medio sostener los frutos de un amor que llegó a su vida y luego se marchó. 

Además, tanto trabajo para confeccionar el sombrero vueltiao y poca admiración despierta. Su obra maestra, adornada de pintas y figuras geométricas negras y caquis, está a punto de pasar por la vida sin pena ni gloria, ni siquiera la renombrada malicia indígena ha sido capaz de descubrir su belleza y elegancia. De vez en cuando un artista con algún pedazo de patria pegado en el alma, lo luce, o uno que otro político, en busca de voto por la Región Caribe, se lo pone para esconder un poco el deseo de engañar que siempre circula por  su cabeza.

¡Zenú de ojos pequeños como tu suerte! Cuando los sueños que enlazaste en las vueltas y vueltas del sombrero estaban al borde del olvido, tuviste el acierto de aliarte con otras manos fuertes, unidas a otras ilusiones.

 Un gladiador monteriano de cuerpo fibroso y mirada audaz, que se hizo boxeador para derrotar el anonimato, y desde las primeras victorias en 1985, en Miami, levantó el producto de tus manos ágiles como un trofeo gigante en medio del júbilo y la histeria colectiva, para que todos apreciaran la belleza y magnitud de tu labor silenciosa.

De allí en adelante, al lado del gran boxeador sinuano, de su sonrisa colmada de carisma y magia, la suerte de ese hijo mayor tuyo, salido no del vientre sino del corazón, no por entre las piernas sino por las manos, cambió radicalmente.

¡Zenú de angustia larga como tu cabellera! Después que el Happy Lora, campeón Mundial de Boxeo Peso Gallo, prestó tu sombrero vueltiao, sus puños de oro para guerrear por su reconocimiento universal, ha estado en la insigne cabeza del Papa Juan Pablo II y en la del expresidente gringo Bill Clinton.

Desde entonces apareció una época gloriosa que se ha multiplicado como los panes de Jesús en una montaña cercana a Galilea, y en contra de la misma mezquindad de esta tierra, la nuestra, sus alas se desplegaron en un vuelo victorioso por países y continentes, con ello, otros bolsillos se han llenado de dinero, mientras tanto tú Zenú de manos ágiles, en tu rancho de palma y bahareque sigues esperando con el sol, algo que no se ve tan cerca.

*El autor

Róbinson Nájera Galvis nació en Sahagún, Córdoba, 1955. Docente y Escritor. Licenciado en Administración Educativa, Licenciado en Supervisión Educativa, Especialista en Pedagogía de la Lengua Escrita y Especialista en Informática y Telemática. Entre sus libros están: Soliloquio a la hora de la siesta, Aventura de la luna traviesa, En el país de los chimilas, La reina del Tepeyac y Sólo quiero que me dejen contar.

El embajador 

Medardo de Jesús Suárez diseñó en 1986 el sombrero de 23 vueltas que fue entregado al Papa Juan Pablo II en su visita a Colombia. Impulsó el sombrero más fino que se haya elaborado de esta clase, el de 31 vueltas, que puede llegar a costar dos millones de pesos. Suárez ha sido considerado embajador del sombrero fino vueltiao. Viajó a varios países como Alemania, Japón, Rusia y España exponiendo este arte propio de la cultura Zenú. Falleció el pasado 16 de septiembre del 2014. 

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