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Folclor de costas colombianas, voz negra de dolor, alegría y esperanza

Por Edelmiro Franco. Corresponsal

Bogotá, 31 Mar (Notimex).- El folclor de las costas colombianas tiene una tradición negra que viene de África y forma parte de una cultura esclava rebelde que deja oír su voz, dolor, alegría y esperanza, a través del sonido de los tambores y se sienten libres con el movimiento sensual de sus cuerpos.

Esta cultura africana hoy tiene el talento propio de los palenques en cada tonalidad, en cada ritmo, en cada lamento, en cada danza con toda su creatividad musical.

La cumbia, por ejemplo, es una popular danza considerada como símbolo nacional porque integra tanto en su coreografía como en su música, todas las etnias de Colombia.

Originaria de África, poco a poco se fue convirtiendo en un baile mestizo. Se trata de un baile de cortejo amoroso que combina a la perfección la elegancia y el garbo.

En este ritmo se le hace honor al trabajo, con instrumentos como el machete en los hombres -utilizado para el corte- y la bandeja de las mujeres para recoger el grano.

Sin embargo también hay una cumbia triste que es conocida como Lumbalu, que es un ritual funerario de la cultura palenquera del Caribe colombiano, en la que con danzas y cantos de lamentos, acompañan al difunto. Se realiza durante las nueve noches siguientes a la muerte de un ser querido y así le hacen honor a su alma.

Según la tradición del Palenque, luego de morir, el fallecido regresa dos veces al día a su casa, durante los nueve días siguientes a su muerte. Es un baile que fortalece la unión y solidaridad de la comunidad.

Cuando suenan tristes los tambores, les permite expresar el drama social que viven y sentirse libre de los problemas. Este baile se realiza alrededor del cadáver con las manos en la cabeza, los brazos levantados y movimientos de vientre.

El Palenque tiene su origen en los inicios de la Colonia, cuando muchos esclavos se volvieron cimarrones y conformaron pequeños grupos en las montañas, y con el tiempo fueron creando caseríos o poblados autónomos que se conocieron como Palenques.

Estas comunidades agrícolas se ubicaron en sitios de difícil acceso protegidos por fortificaciones en forma de empalizadas y fosos escondidos, y defendidos por gente equipada con arcos, flechas y armas de fuego. Eran expresiones de libertad.

Por su parte el Mapalé, en sus orígenes fue una danza de trabajo ejecutada en las noches y amenizada con toques de tambores y cantos alegres, mientras las mujeres, no dejan de mover sus caderas de forma cadenciosa, sensual y provocadora.

El Porro, es un aire musical cadencioso, reposado mezclado con raíces europeas, africanas y aborígenes. Es un ritmo alegre y fiestero, propicio para el baile en parejas.

El Jalao, es un Porro más rápido y propio de carnavales y fiestas de pueblos. Es un compás tanto de la Costa Atlántica como Pacífica, que año tras año celebran sus fiestas con estos ritmos.

En el litoral Pacífico, desde finales de la colonia, el Currulao se bailaba con el Bunde, el Mapalé y el Bullarengue y es conocida como la danza del boga. Este ritmo, se destaca como la máxima expresión negra.

En este baile de parejas sueltas, el hombre inicia a un ritmo que cada vez se hace más exaltado, hasta lograr el vencimiento de la mujer, quien se ha mantenido hasta entonces con movimientos más apretados.

Ninguno de estos músicos van a una escuela aprender a tocar los instrumentos, ellos son fruto de una herencia musical, donde se socializa constantemente a los niños para no perder la tradición.

En esencia los bailes folclóricos de las costas colombianas recuerdan la alegría, el dolor y esperanza de los negros esclavos que llegaron de África a América.

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