Corazón de colibrí

La carta. 

El reflejo del foco rojo de esta habitación de “prostíbulo” deja su marca sobre una carta que me entregaron este día. La trato de leer sin ganas pues considero que estuve en esta situación la semana pasada. Recuerdo haber estado leyendo un papel, aunque mi memoria se comienza a perder entre la realidad y la fantasía. 

Tomo una lupa y comienzo a tratar de traducir estos jeroglíficos para darle un buen entendimiento, lo leo en voz  alta para ayudar  a inspirarme. Capaz es algo digno de compartir con mis amigables vecinos de pensión.  

Leo: “Desde la azotea de nuestra imaginación, puedo ver el nido de tu cabello rosado. Revoleteo en él buscando tu néctar dulce y diáfano. Tus besos en mis labios aceleran mi corazón a mil por  hora y en ese momento reconozco que no puedo vivir sin tu piel pegada a la mía. 

Tus piernas voluptuosas crean tornados alrededor de nuestro amor febril. Yo vuelo alrededor de las lagunas de tus ojos esperando ver mi reflejo clavado en tu memoria.
Son tantos años pensando en tu amor terrible que mis alas están cansadas del esfuerzo. Son tantas noches llorando por ese beso marchito sin néctar que adorna mi ombligo. 

Un día morí y volví a nacer desde las tierras de las estepas negras. Grandioso momentos sobre las selvas de neón. Mis alas crecieron y mi corazón casi no sobrevivió. Planeo sobre los basurales de tus recuerdos y olfateo tus olores íntimos mientras planeo el instante preciso para hundir mi aguijón en tu vientre. 

La cueva negra de tu corazón se enciende como los volcanes del Armagedón y leo sobre sus paredes mi propio destino escrito con sangre. Me siento sobre mis congojas y reflexiono  sobre el vil amor que me entregas a regañadientes. Con la luz al final de túnel, me doy cuenta que amar es una prisión sin espacio para los seres alados. 

Tengo ahora pupila de dragón, amado delirio. Mis alas ahora se abren como nubes de tormenta sobre este pequeño planeta infectado de tus engaños. Dejo caer mi aliento en forma del infierno y todo arde en tu nombre. 

 El infierno liberó sus demonios en nombre del amor. No puedo dejar de sentirme un poco dócil y deprimido, pero cuando veo el horizonte arder y el olor a tu cabello saturar la atmósfera, una alegría demencial me abraza. 

¿Has danzado con un colibrí con alas rotas? Pronto lo harás”. 

 

Los huevos duros. 

 

Cuando llegué a este pueblo hace dos meses, me contaron una historia sobre un incendio en una posada. Me dijeron que la dueña y los huéspedes murieron quemados por una especie de animal negro que caminaba en dos patas y que escupía fuego. No creo en animales criminales, solamente creo en criminales humanos.  Después un niño me entregó este papel con ese texto y parece que alguien lo escribió con doble mensaje o simplemente con una expresión de amor no correspondido. 

Caminé en busca del niño y lo encontré comiendo huevos duros. Mientras los pelaba me dio cierta repulsión ese olor que casi vomito mi desayuno.  Le pregunté sobre quién le había le había dado esa hoja para mí. El niño me quedó mirando  con una sonrisa rara y me respondió: Usted don Gabriel.

Pensé que era una broma de mal gusto. Lo tomé con fuerza del brazo y le repetí la pregunta: Dime mocoso de mierda ¿Quién te dio este papel para que me lo entregarás a mí? – Se lo dije ya, usted me lo dio hace unos meses cuando estuvo de visita en este pueblo. Venía con una mujer y me entregó este papel. Me regaló varias monedas y dos camisetas usadas  y me hizo jurarle que cuando lo volviera a ver le entregara esta carta. 

Ya no pude decirle nada. El niño salió corriendo para perderse en los pasillos oscuros del mercado de frutas. 

Deambulé por las calles hasta tarde y un terrible pánico me comenzó a seguir. Estaba tras mis pasos, pero lo pude engañar en una esquina. Sabía que vendría conmigo y estaría ahí para achacarme mis perfidias.

Entré al cuarto y le puse llave. Me metí al baño y abrí la ducha. Mientras me bañada pude sentir un zumbido en mis oídos. Era fuerte. Nunca fue suave. Desde un principio no me dejaba oír mis pensamientos. 

Salí corriendo desnudo y pude verlos volando con la rapidez de un rayo por toda la habitación. Miles de colibríes venían para torturarme con la danza de mis recuerdos. 

– Yo no la maté se los juro – grité,  y mientras sus picos de hunden en mis ojos solo puedo dar un  grito de pavor. 

 

3. La visita de otro colibrí.

 

No se pueden comer huevos duros en el sanatorio, señor. Usted es pariente del paciente. ¿Cierto? Se parecen mucho. 

No. Es tan solo un amigo de años. Íbamos a reunirnos en este pueblo, pero pasó un inconveniente  con el avión. 

Está encerrado por delirios y psicosis paranoicas. Ya vendrá el doctor para darle más detalles- dijo la enfermera-. Lo dejo con él, solo habla de colibríes, pero no trate de meter la mano por la reja. Muerde. 

 ¿Has danzado con un colibrí con alas rotas? Sí, ya lo hiciste- le susurró la bestia que escupe fuego a Gabriel, cuyos sollozos se pierden en su oscuridad.  



   

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Pueblerino | 2015-04-20 17:51:29

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