El regreso de una artista arquetípica

 
Martínez y Pletikosic. Foto: GZA. Mariano Salomón

Papeles, performance e instalación / Idea y diseño coreográfico: Adriana Barenstein, Graciela Martínez y Sergio Pletikosic / Música original: Juan Pablo Amato / Intérpretes: Martínez-Pletikosic / Guión y dirección: Adriana Barenstein / Sala: Centro Cultural Borges, Viamonte y San Martín / Viernes a las 20.30.

Nuestra opinión: excelente.

En rigor, la función no comienza cuando usted llega (como proclaman ciertas promociones publicitarias) sino cuando Graciela Martínez se decide a moverse. A mover la pelvis, para ser exactos, a zarandearse levemente con cierta inocente picardía, desplazando el peso de una cadera a la otra. Su partenaire, Sergio Pletikosic, al otro lado de una montaña de estrujados papeles de diarios viejos, de revistas y de otros desechos, hace lo mismo. Pero a uno le tienta más mirarla a ella. No es para menos: en sus alforjas, esta notable artista carga con más de medio siglo de resonantes creaciones, tanto en la danza contemporánea cuanto en lo teatral e incluso en la plástica.

Cuando Graciela se acerca al proscenio? Bueno, en realidad no hay proscenio, porque la sala Norah Borges es un espacio plano para experiencias como esta, un atrevimiento más del talento de Adriana Barenstein en busca de significaciones y horizontes que van más allá del puro movimiento. En fin, decíamos que Graciela se aproxima a una zona equivalente al proscenio, en la que su rostro acierta a ponerse a foco para el público: ojos de Betty Boop combinados con un aire de Lida Borelli o alguna otra diva del cine mudo en versión cómica. Y, como un halo redentor, su sombrerito ornado con una cursilísima rosa roja.

Asistida por Pletikosic, Graciela manipula un chal negro y entona “La violetera”, que se convertirá en leitmotiv. La mirada perpleja y acaso alucinada de la legendaria bailarina de ¿Jugamos en la bañadera? en el no menos legendario Di Tella de los 60, remite a una señora ingenuamente curiosa, pero también -si le cambiáramos el sombrero a la desconfianza angustiada de Buster Keaton.

Pletikosic le aporta un módico sostén, hasta el momento en que, como en la primera pieza teatral de Gombrowicz, un toque jerárquico los consagra como “Pareja”, y los restos inútiles de la montaña de papeles comprometen el vínculo establecido, hasta embarazar a la desposada en un grotesco pase que hincha su vientre. En el montículo hay también prendas de vestir, una sombrilla y otros despojos que, por la relación con el personaje central, llevan a evocar inevitablemente a la becketiana Winnie de Los días felices. Solo que aquí el camino será “ascendente”, hasta la apoteosis del huracán y el desparramo total.

Por un lado, hay que celebrar la persistente labor de Adriana Barenstein en su bastión del Borges, donde con la invención de esta admirable Papeles alcanza una insoslayable muestra de creatividad, entre otras razones por un acertado cruce de disciplinas performativas y plásticas. Y, por otro, el regreso de una artista múltiple, reconocida en el exterior quizá más que en sus lares (su Santa Genoveva en el tobogán gozó de enorme repercusión en París), sagaz creadora de un personaje finamente clownesco que, con el correr de los años, se ha convertido en un arquetipo único..

Deja un comentario