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Las admiraciones femeninas de Eduardo Galeano

De manera póstuma, Siglo XXI Editores publicará dos obras inéditas de Eduardo Galeano; Mujeres, que será lanzada en nuestro país en los primeros días de mayo, y en julio aparecerá Cazador de historias, según dio a conocer Jaime Labastida, director de la editorial.

En Mujeres el escritor rinde homenaje a protagonistas femeninas de la historia, como Juana de Arco, Rosa Luxemburgo, Rigoberta Menchú, Marilyn Monroe y Frida Kahlo, y a figuras no tan conocidas.

Es un reconocimiento a las aportaciones femeninas desde diferentes trincheras, convencido de que “no hay tradición cultural que no justifique el monopolio masculino de las armas y de la palabra, ni hay tradición popular que no perpetúe el desprestigio de la mujer o que no la denuncia como peligro”.

Fallecido a los 74 años de edad el pasado 11 de abril, en Montevideo, víctima de cáncer, el escritor uruguayo se convirtió en la “conciencia crítica del continente”.

Con la autorización de Siglo XXI Editores, ofrecemos cuatro retratos de mujeres que no siempre fueron protagonistas de su propia historia, lo que es uno de los intereses de Galeano: rescatar vidas olvidadas por la Historia.

Sally

Cuando Jefferson enviudó, fueron suyos los bienes de su mujer. Entre otras propiedades, heredó a Sally.

Hay testimonios de su belleza en los años tempranos.

Después, nada.

Sally nunca habló, y si habló no fue escuchada, o nadie se tomó el trabajo de registrar lo que dijo.

En cambio, del presidente Jefferson tenemos unos cuantos retratos y muchas palabras. Sabemos que tenía fundadas sospechas de que los negros son inferiores a los blancos en los dones naturales del cuerpo y de la mente, y que siempre expresó su gran aversión a la mezcla de sangre blanca y sangre negra, que le resultaba moralmente repugnante. Él creía que si alguna vez los esclavos iban a ser liberados, había que evitar el peligro de la contaminación trasladándolos más allá de todo riesgo de mezcla.

En 1802, el periodista James Callender publicó en el Recorder de Richmond un artículo que repetía lo que se sabía: el presidente Jefferson era el padre de los hijos de su esclava Sally.

Noches de harén

La escritora Fátima Mernissi vio, en los museos de París, las odaliscas turcas pintadas por Henri Matisse. Eran carne de harén: voluptuosas, indolentes, obedientes.

Fátima miró las fechas de los cuadros, comparó, comprobó: mientras Matisse las pintaba así, en los años veinte y treinta, las mujeres turcas se hacían ciudadanas, entraban en la Universidad y en el Parlamento, conquistaban el divorcio y se arrancaban el velo.

El harén, prisión de mujeres, había sido prohibido en Turquía, pero no en la imaginación europea.

Los virtuosos caballeros, monógamos en la vigilia y polígamos en el sueño, tenían entrada libre a ese exótico paraíso, donde las hembras, bobas, mudas, estaban encantadas de dar placer al macho carcelero.

Cualquier mediocre burócrata cerraba los ojos y en el acto se convertía en un poderoso califa, acariciado por una multitud de vírgenes desnudas que, bailando la danza del vientre, suplicaban la gracia de una noche junto a su dueño y señor.

Fátima había nacido y crecido en un harén.

La intrusa

En 1951, una foto publicada en la revista Life causó revuelo en los círculos ilustrados de Nueva York. Por primera vez aparecían, reunidos, los más selectos pintores de la vanguardia artística de la ciudad: Mark Rothko, Jackson Pollock, Willem de Kooning y otros once maestros del expresionismo abstracto.

Todos hombres, pero en la fila de atrás aparecía en la foto una mujer, desconocida, de abrigo negro, sombrerito y bolso al brazo. Los fotografiados no ocultaron su disgusto ante esa presencia ridícula. Alguno intentó, en vano, disculpar a la infiltrada, y la elogió diciendo:

—Ella pinta como un hombre.

Se llamaba Hedda Sterne.

Adiós

Las mejores pinturas de Ferrer Bassa, el Giotto catalán, están en las paredes del convento de Pedralbes, lugar de las piedras albas, en las alturas de Barcelona. Allí vivían, apartadas del mundo, las monjas de clausura.

Era un viaje sin retorno: a sus espaldas se cerraba el portón, y se cerraba para nunca más abrirse. Sus familias habían pagado altas dotes, para que ellas merecieran la gloria de ser por siempre esposas de Cristo.

Dentro del convento, en la capilla de San Miguel, al pie de uno de los frescos de Ferrer Bassa, hay una frase que ha sobrevivido, como a escondidas, al paso de los siglos.

No se sabe quién la escribió.

Se sabe cuándo. Está fechada, 1426, en números romanos.

La frase casi no se nota. En letras góticas, en lengua catalana, pedía y pide todavía:

Dile a Juan

que no me olvide.

(No m´oblidi /diga.li a Joan.)

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