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Los Negros en el noroeste argentino: Memorias de Vicenta

SALTA.- Los negros en nuestro país fueron traídos desde sus lejanas tierras en el África, para reemplazar la mano de obra indígena sumamente explotada durante la época de la conquista y de la colonia. Esta situación permaneció aún después de la independencia de nuestro suelo, pues seguían sujetos a un estado de ignominiosa sumisión, a pesar de que la palabra esclavitud dejara de tener vigencia y era reemplazada por la denominación de criados o libertos. De nada valió en la práctica la abolición de vientres instaurada por la Asamblea del año 1813, como tampoco fueron categóricas las declaraciones emanadas de la Constitución de 1853, ni las emanadas del Código Civil sancionado en 1869, al legislar sobre el trabajo de los criados de servicio. De acuerdo a ello podía definirse la propiedad de los esclavos, “como un instrumento de la existencia, (…)y el esclavo una propiedad viva”.

El Derecho Romano, sólo consideraba al esclavo como “res”, (cosa) susceptible de considerarse de propiedad privada, es decir” servos” o bien de propiedad pública, (servi publici). En consecuencia el derecho civil consideraba que la esclavitud era la condición de las personas que estaban bajo propiedad de un dueño, el que, lamentablemente tuvo poder de vida y muerte sobre el esclavo y su familia. Exigía a cambio de su trabajo personal, la dádiva de lo estrictamente necesario para sus subsistencias fisiológicas, como asítambién para la nutrición de su prole.  

La esclavitud, proviene de larga data, ya el historiador Morelli sostenía que el Papa Nicolás V, otorgó al rey Alfonso V de Portugal, (1455) una autorización para “reducir a servidumbre perpetua a sarracenos y paganos”. El historiador Martens sostenía que la trata comenzó en 1443 al cambiar los portugueses, negros por moros, ya que los negros eran más fuertes y mejor constituidos para los trabajos a realizar en las colonias. España convirtió la esclavitud en monopolio para la Corona, al entregar ésta, mediante contrato a las compañías de traficantes denominadas “asientos”.

Decía Manuel Ugarte en su libro “El Porvenir de América Latina” que los negros al obtener su libertad, muchas veces decidieron prolongar su servidumbre por no saber qué hacer ni a dónde ir, ya que estaban acostumbrados a obedecer, y precisamente esta dependencia les hizo carecer de la audacia necesaria para abrir nuevos rumbos. Era por eso que la mayoría continuara sirviendo en casa del amo, mediante una ínfima retribución que sólo sirvió para guardar las formas. Muchos de ellos luego de soportar la libertad, volvieron a casa de sus dueños. 

Esta ignominia llegaba a parámetros como el que, si se vendía una esclava que poseyera un hijo liberto, éste y la madre debían pasar a poder del nuevo amo, cuando el liberto no hubiere cumplido aún los dos años. A partir de esa edad los nuevos dueños tenían derecho al patronato y debían permanecer (los varones) en casa de sus patrones, sirviendo gratis hasta los quince años.

Las mezclas de razas con el negro derivaban en nuestro suelo en mulato,-cruza con blanco-; tercerón,-cruza de blanco con mulata-; cuarterón, cruza de blanco con cuarterona-; zambos, cruza con indio; zambos prietos- los que tenían fuerte color negro; salto atrás, cuando el hijo era más negro que sus padres. 

Dejando atrás todas las ignominias que esta situación creaba, nos concentraremos en relatar las memorias de una  esclava que, al alcanzar una esmerada educación pudo relatar sus “Memorias”.  Dada la extensión, que abarca  su vida desde los primeros tiempos tribales en su África natal, hasta el nacimiento de sus hijos, habidos en su matrimonio con un hombre blanco de elevada posición, sólo trascribiremos algunos episodios de esta vida. 

“Nací según  palabras de mi padre espiritual, don Lorenzo de Villafañe, palabras que hoy vuelven a visitarme, una gélida noche de seda de un 10 de Julio, fecha que habría de constituir para ambos un remanso en el camino o el báculo metafórico de nuestra marcha por el mundo. Don Lorenzo de Villafañe, era un santo sacerdote que misionaba en el valle calchaquí, con una devoción inaudita. Hoy casi a mis noventa años, los recuerdos van pugnando por abrirse paso a través de los poros de mi piel.

El valle de mis recuerdos era el enclave serrano de la hacienda de don  Lucas de Luna y Cárdenas, un paraíso donde el tiempo pareciera haberse  quedado flotando sobre sus montañas, brindando a mi anciano maestro, el ámbito propicio para ejercitar su misión evangélica. Aquel espacio, vuelve a mí  como una constante, y contemplo nuevamente con ojos alucinados esa techumbre celeste, tan pura, donde la diafanidad de las mañanas, acaso intenta descubrir los secretos del mundo, más allá de los colores.                

 

                                                                                    Por las noches las estrellas fulgían con luces arrebatadas, y parecían estar al alcance de la mano, rodando hacia quién sabe que ignotos destinos. Cada vez que puedo, entorno los ojos de mi nostalgia hacia el pasado, y en ese valle tan querido siento vibrar el atavismo de mi sangre africana. Allí  la pobreza era acaso una triste realidad, y durante nuestras correrías de siestas inacabables, contemplábamos los pequeños saurios escarbar con desesperación sus madrigueras, rumbo al frescor profundo de la tierra.
 
El secadal es así, por momentos sobrecoge la inmensa soledad, sólo interrumpida por el lento transitar de alguna tropa de burros cargueros, o la rítmica queja de violines acompañando un misachico.

Mis ojos volvieron a empaparse de ese asombro que los valles precordilleranos deparaban a mi niñez. Era el lugar elegido para apacentar los últimos días de mi maestro, don Lorenzo de Villafañe y Guzmán, lejos de su ciudad natal, que tan encontrados recuerdos despertaban en su alma.

A pesar de los años transcurridos desde su lejana juventud, tanto alegrías como desdichas estaban aún  latentes, torturándole con su proximidad. Le reconfortaba encontrarse lejos de la geografía de su pasión.

Al cerrar los ojos para enhebrar los sonidos del viento, vuelvo a ese ámbito maravilloso, donde la memoria adquiere sus formas más concretas y recónditas.

Siento hoy que las fuerzas que sostuvieron mi vida me abandonan  lenta  e inexorablemente, pero al  contemplar mi universo de antaño, experimento un extraño calor trepándome  las venas. ¿Será acaso que vuelve el fuego de los años juveniles? Los ojos y la mente van desprendiéndose perezosamente de mi cuerpo, que permanece extático, mirando el infinito a través de mi ventana. ¡Entonces pienso sencillamente, que sólo sé que estoy viva!

¡Qué alegría! No hay nada en este mundo más hermoso que aquel valle de la niñez,  donde el filo de las cumbres se adorna con el paso cansino de los guanacos y donde los antiguos dueños de la tierra viven en libertad, llevando en sus rostros curtidos las huellas del pasado.

A lo lejos, veo a mi madre, en la misma orilla del tiempo, trasegar enhiesta y cimbreante los paramentos de la iglesia. Afuera, la tarde quema el horizonte, deformando el contorno de las cosas, alargándose en sombras extrañas bajo la luz de la luna, cuando asoma detrás de la montaña.

A mis espaldas la puerta trasera de la casa que conduce al jardín, ha permanecido entreabierta, y un rumor nocturno de pájaros insomnes, picoteando tiestos floridos, trae envuelto en sombras confusas, olor a flores empapadas de finísimas lloviznas.

A cierta distancia, no muy lejos, se escucha un plañidero gemir de campanas acompañando el traqueteo de mi corazón. ¡La sangre se me apura cuando tantos recuerdos acuden mi mente; entonces mis ojos se cubren de  un llanto quedo y elocuente!

La noche en su silencio, me ayuda a concentrar los pensamientos, y veo alzarse incólumes de entre las sombras del jardín, ese cuerpo recio de los recuerdos, dando tumbos, esquivando los objetos del entorno.  

Me siento cercada por ese silencio precursor de tantos acontecimientos vividos, pero eso no me perturba, pues experimento como si fuera un sortilegio, una serenidad desconcertante, descansando en mi regazo. 

Cerca, muy cerca, escucho el burbujeo del agua calmando la sed de los canteros, y un poco más lejos, el tañido de campanas llamando los feligreses a la misa. Luego de un paréntesis de siesta, vuelven a cantar en las tardes con voces recobradas. 
 
Mi madre, Sémbelé, conocida en el valle con el mote de la negra María, era una esclava dedicada casi exclusivamente a mantener el aseo de la capilla. Recuerdo a pesar de la costumbre de los amos llamándola María, mi decisión de nombrarla simplemente mamá o Sembelé, así como a ella le gustaba. Era el nombre tribal impuesto por sus padres. 

En momentos de intimidad, donde las confidencias surgían con la claridad de las mañanas hermosas, solía decirme que pronto contaría el motivo de ser llamada así.

Contó que este era el nombre dado por su padre –Mavinga –  jefe de una de las tribus de los Angolas, pero existía también otra razón muy tierna para la evocación. Interiormente pensé en armarme  de paciencia para saberlo.

Hoy en mis altos años, evoco su figura espléndida, de africana altiva, ordenando sin descanso los paramentos del altar o las magras pertenencias de asceta de mi maestro. La veo desplegar sin retaceos el candor alado de sus manos, listas al ordenamiento prolijo del altar de adobes, de los manteles de Bretaña o del nicho de madera pintado por dentro con la imagen de Santa Rosa.

Podía verme a mí misma- siempre inquieta- mientras quitaba el polvo de la imagen de Nuestra Señora de la Limpia Concepción, con su pollera de raso azul, contándome las terribles vicisitudes por las que pasara en su país natal, el África, tan lejana, misteriosa y tribal. 

(…) Sèmbelé-mi madre contaba episodios de su vida pasada en Angola; la vida y juegos infantiles bajo la vigilancia severa de Kasai, dispuesta por su padre. 

(…) Mi vida hubiera sido otra si él no hubiera estado a mi lado. Siempre tuve una fe ciega en él. (…) Con mi hermano Kembé, éramos muy distintos y, a pesar de ello, numerosas semejanzas  nos encadenaban; nos gustaban las mismas cosas, como por ejemplo, emocionarnos ante la luz declinante de un atardecer africano, mientras la noche nos arropaba con sus rumores. Admirábamos hasta la emoción la belleza inaudita con que una flor se reclina ante la lluvia, o los relatos fantásticos de nuestros mayores en noches de luna llena.

Jamás olvidé estas cosas; a menudo evocábamos colores ya vistos, pues nos era  posible visualizar los matices distintos de las orquídeas, acaso tan indescifrables como el reflejo de una cara en el agua. Este recuerdo me llena de satisfacción por el sólo hecho de haberlo disfrutado juntos.

Mis oídos se abrían desmesurados, aparentemente impávidos ante los relatos de Sémbelé, cuando decía: “Recuerdo como si fuera ayer, cuando Kasai a la vera del río nos exigía un pronto regreso, pues la noche con sus peligros era ya una certeza próxima; de pronto, una luna inmensa se alzó sobre el río, iluminando con su claror la corriente del agua.

Los ruidos de la selva callaban ante su esplendor, y nos pareció que su color leonado se diluía dando paso a una extraña tonalidad azul. Todo el ambiente se impregnó de un raro hechizo, y el río iluminado como un mediodía nos permitió contemplar a nuestras anchas, un paisaje fluvial jamás visto.

No puedo reproducir con palabras la maravilla de aquel escenario. Todo parecía en calma, donde la corriente aparentemente mansa, arrastraba una serenidad secular.

(…)Según los brujos de la tribu, en noches de luna llena, ocasiones solía verse navegando desde el crepúsculo vespertino hasta el crepúsculo matutino, una barca oscura donde la brisa ahuecaba como un gran vientre, su velamen tembloroso. En ella viajaba recostada en lánguido desdén, la madre de Molungo- la diosa negra- escoltada por hileras de cocodrilos dóciles, en busca de almas perdidas para volverlas a la servidumbre del bien. Sólo a pocos elegidos les era permitida tal Gracia, y nosotros- Kembé y yo- fuimos testigos de tan maravilloso acontecimiento. La vimos- escondidos entre la maleza- tender graciosamente sus manos sobre el lomo bermejo de las aguas, en actitud acariciante, mientras los cocodrilos iniciaban una danza ritual lamiendo  agradecidos sus manos morenas. Jamás olvidaré este extraño acontecimiento. La luna inmensa, redonda y en su punto más elevado del cielo, parecía extrañamente quieta, mientras un aire tan leve como un suspiro la ciñó, embalsamándola.

De pronto, estupefactos, contemplamos a la diosa incorporarse en la canoa, exhibiendo la belleza de sus formas en todo su esplendor. Era realmente maravillosa, y la perfecta armonía de sus pechos breves, sobresalía entre lujosos pectorales y brazaletes, decorados con piedras preciosas del sur africano. Sus piernas largas y perfectas se distinguían a la distancia merced a la claridad de la aparición. No podré olvidar jamás la luz de sus ojos brillando como esmaltes. Era joven, y así permanecería hasta la consumación de los tiempos, pues según decían, las deidades permanecen siempre inmarcesibles. Me miró unos instantes, y acaso sintiéndose descubierta, se lanzó al agua que adquirió a medida que nadaba, matices cada vez más vivos. No sé cuanto tiempo habré estado allí en muda contemplación. Soñé entonces arrojándome junto con ella  a los azares de la corriente, y al rescatarme, percibí la sutileza de sus caricias, expresada en el roce de sus dedos. En el ensueño nadábamos en medio de desconocidas contorsiones y los saurios – atónitos- apenas frotaban mi cuerpo.

Mientras me zambullía creí escuchar los gritos de Kasai y de Kembé instándome a desistir de tamaña aventura. Nada me importaba en aquél momento, pues una extraña sensación se apoderó de mí, al comprobar la presencia de peces desconocidos y ciegos, incrustándose en mi piel. La diosa me abrazó, y en un idioma mudo  que yo entendía perfectamente, me instó a no tener miedo. El lecho tenebroso y negro del río se iluminó de pronto, pudiendo percibir siluetas imprecisas de seres que no terminaban por definirse. Aparecían esfumados, como si fueran los espectros de mis antepasados recibiéndome con cariño, pero diluidos en vahos ligeros como soplos.

El tiempo parecía no transcurrir, es más parecía inexistente. La lívida luz lunar flotaba sobre la brisa de la noche. (…)

 (…) Una música sugestiva surgida de quién sabe qué recónditos confines, inundó todos los espacios del agua como si fuera un vapor transparente, embelesando mis oídos. La Diosa en uno de sus giros volvió a aproximarse, y comprobé nuevamente su impronta juncal y graciosa, cuando dirigiéndose a mí en su idioma insonoro, me dijo: “regresa al lugar de donde vienes. En la vida tendrás sufrimientos, pero ellos purificarán tu alma. Yo estaré esperándote cuando el dios Molungo lo disponga, y tu vida futura será venturosa por toda la eternidad”. (…)
Sémbelé despertó del ensueño cuando el alba se filtraba envuelta aún en las neblinas de su perturbación; a su lado la contemplaban estupefactos Kasai y Kembé, tratando de volverla a las realidades de este mundo. (…)

 

 Kembé y yo permanecimos acurrucados, abrazados en silencio, mientras sobrenadaba en nuestro pensamiento la figura de aquella diosa lánguida, deslizándose por la orilla, apenas oculta por árboles desflecados. A su paso se acallaba el bullicio indeciso de la selva, y ningún pájaro del amanecer intentaba enaltecer esta ceremonia. La jungla permanecía amodorrada y sumisa bajo el ojo impar de la luna quieta, cuando ya el alba agrisaba la melena de los árboles (…)

Continúa en el libro
inédito MEMORIAS DE UNA ESCLAVA de Ricardo Federico Mena

 

Por Ricardo Federico Mena

Para El Intransigente

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